La carrera contrarreloj de una madre indocumentada en Estados Unidos

Ingrid Latorre, oriunda de Perú, llegó a Estados Unidos a los 17 años. Iba a ser deportada en noviembre de 2016, pero se refugió en un centro cuáquero. crédito Todd Heisler/The New York Times

Escrito por Julie Turkewitz y Todd Heisler. The New York Times

viernes 09 de junio 2017.- La peruana Ingrid Latorre ha pasado la mitad de su vida como indocumentada en Estados Unidos y durante los últimos meses se ha escondido para evitar la deportación. Pero dice que ya no puede seguir huyendo.

Ingrid Encalada Latorre, de 33 años, pasó los últimos seis meses en una casa de oración cuáquera de ladrillos rojos en Denver, una de las cientos de comunidades religiosas en Estados Unidos que están ofreciendo refugio o algún otro tipo de ayuda a los inmigrantes que enfrentan la deportación.

Quienes apoyan a estas iglesias sostienen que mantienen unidas a las familias. Los detractores opinan que alojan a criminales a expensas de feligreses que sí son ciudadanos y a quienes les vendría bien esa ayuda.

Latorre se ejercita en una bicicleta estacionaria en una recámara del centro cuáquero Credit Todd Heisler/The New York Times

Latorre tenía 17 años de edad cuando llegó a Estados Unidos desde Perú en el 2000. Trabajó como enfermera doméstica y en 2010 las autoridades la arrestaron por usar un número de seguridad social de otra persona. Se declaró culpable de ese delito, pasó dos meses y medio en la cárcel y otros cuatro años y medio en libertad condicional; también pagó 11.500 dólares en impuestos retrasados. Luego, de cara a la deportación, buscó refugio en la iglesia en noviembre.

Latorre tiene dos hijos, ambos ciudadanos estadounidenses. En la casa de oración, vivía en una habitación en el piso de arriba, donde se ejercitaba en una bicicleta estacionaria y preparaba su comida en una cocina cerca de las bancas de la iglesia. Su hijo Aníbal, de un año, aprendió a caminar ahí.

Su otro hijo, Bryant, de ocho años, se adaptó rápidamente a las nuevas reglas: cuando los visitantes llegaban o se iban, él buscaba una llave en la pared y abría o cerraba la puerta.

Latorre y Aníbal, su hijo, bajan las escaleras del centro de oración donde han estado viviendo durante los últimos meses. Credit Todd Heisler/The New York Times

Bryant Latorre, de 8 años, aprendió a abrir y cerrar la puerta de acceso al centro de oración en el que se refugió su madre. Credit Todd Heisler/The New York Times

La mayoría de los días, Latorre tenía a su disposición todo el espacio. Los domingos, cuando las bancas se llenaban de gente, permanecía en el piso de arriba.

Para Aníbal, la casa de oración se volvió más familiar que su propio hogar en Denver, dijo Latorre.
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Bryant, ciudadano estadounidense, dividía su tiempo entre la iglesia y la casa de su padre. Credit Todd Heisler/The New York Times

Mientras que Bryant dividía su tiempo entre la casa de oración y su hogar, donde se quedaba con su padre.

Aníbal antes de su siesta mañanera Credit Todd Heisler/The New York Times

Latorre cocinaba para ella y Aníbal con comida que los voluntarios le llevaban semanalmente; Bryant jugaba abajo, en la iglesia.
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Ingrid Latorre carga a su hijo, Aníbal, de 1 año, mientras mira por la ventana de la casa de oración cuáquera donde la congregación aceptó acoger a migrantes que enfrenten la deportación. Credit Todd Heisler/The New York Times

Un sábado a finales de mayo, Latorre recibió una buena noticia: los funcionarios federales le otorgaron una prórroga de tres meses contra la deportación. Podía dejar la iglesia y quizá pedirle al gobierno que reconsidere su caso.

Salió al sol, tomó un ramo de flores y se trasladó con quienes la apoyan a un parque cercano. Un reportero le preguntó qué hará si las autoridades le ordenan marcharse de nuevo. “Me iré”, dijo. “Me llevaré a mis hijos. Quiera o no, tendré que irme, porque no habrá otra opción, porque no deseo huir de la ley”.

Latorre recibió una prórroga de tres meses contra la deportación para argumentar su caso. Celebró junto con Jeanette Vizguerra, de rosa, quien también vivió refugiada en una iglesia y pudo salir en mayo. Credit Todd Heisler/The New York Times

En la fiesta que hubo en el parque, la gente cantó con karaoke y Eliseo Jurado, la pareja de Ingrid, preparó carne asada en la parrilla. Cuando alguien la invitó a cantar, él trató de convencerla, sin éxito, de que lo hiciera.

Después Latorre, acompañada por su familia, empacó todas sus cosas de la casa de oración y se dirigió a su casa. Al entrar a su hogar, se tiró sobre un sillón en el cuarto de sus hijos. Descansó por unos minutos… y segundos después ya estaba levantada de nuevo, para ayudarle a su pareja a desempacar.