Carta a Viviana: Epístola-monólogo y reflexión literaria
Escrito por: Enrique Cabrera Vásquez (Mellizo).
Lunes 17 de junio de 1991
San Pedro de Macorís
Lunes, 17 de junio de 1991
Pie de foto: El periodista Enrique Cabrera Vásquez (Mellizo), posa junto a un locutor en París Francia, donde fue entrevistado en una estación de radio ubicada en la cercanía de Bobigny-Pablo Picasso, en París, Francia, enero de 1991.
Desde la «tranquilidad» de mi lar, henchido de afecto, vuela raudamente mi pensamiento impulsado por la grata emoción que me produjo tu carta del 24 de mayo, recibida a través de nuestro correo nacional el pasado 14 de junio. Al leerte, me encuentro de nuevo contigo, mezclando el olor a caña de azúcar —inherente a mi procedencia ancestral— con el «sabor a retama de agravios», sufrimientos y privaciones resultantes de tu ostracismo. Reiniciemos, pues, nuestro diálogo ameno, preñado de imaginación y metáforas; sigamos estatuyendo nuestras verdades y denunciando este sistema de injusticia organizada, este orden degradante de los valores humanos.
Es hermoso hablar contigo, inmensa amiga del alma, «estrella clara de una legión de seducidos que funda el paraíso en la esfera de una mirada». Te hospedas en la fragilidad de un corazón querido, en un aluvión de amores. Sí, amiga inspiradora de ensueños, vamos a platicar; vamos a desahogar esta repulsa contra los marfuces empecinados que falsamente nos gobiernan. Es estimulante encontrarte literariamente, pequeño gigante enseñoreada de nobleza. Tu presencia imaginaria hace inagotable la fuente verbal de donde mana nuestra riqueza espiritual.
¡Mi querida y gentil amiga! Nimbada de donaire, limpia y transparente: qué maravilloso es conversar contigo. Inconmensurable fue aquel momento en que, por azar, tuve la dicha de conocerte en París junto a mi entrañable amigo Luis Rosich Astacio. Marchábamos envueltos en una multitud protestando contra la guerra y los bombardeos a Bagdad. Allí, tan distante de tu Argentina querida, en el París de María Antonieta, Dantón y Robespierre, reafirmamos nuestro compromiso con la verdad. Albricias, amiga, pues los horizontes del deseo no pudieron emboscar el relámpago ni detener el instante en que te descubrí con mi «lámpara de Aladino». Gracias por brindarme tu confianza y por calentarme con el contacto purificante de tu compañía.
Hay mucho de qué hablar, distante Viviana. Podríamos hablar de la santidad de las flores y del amor que explayan en su perfección inmaculada. O de cómo se ha enraizado la indolencia en una humanidad embriagada por la opulencia y el derroche, a despecho de la mortandad infantil y la miseria que flagela a las mayorías. Podríamos hablar de la Ciencia y su valor intrínseco para alcanzar nuevas formas de vida.
Podríamos hablar de filosofía y moral: la primera, con sus leyes universales para comprender la relación entre el pensamiento y el ser; la segunda, como dique de contención contra el desbordamiento de nuestras pasiones. Pero no, sería una necedad pueril que nos conduciría a un laberinto.
Demás estaría hablar de René Descartes, el filósofo francés de mi predilección juvenil, quien me fascinó con su geometría analítica y su teoría mecánica sobre el movimiento de las partículas. O de Emmanuel Kant y su «idealismo crítico», creador de la hipótesis de la nebulosa inicial para explicar el origen del sistema planetario.
«Hablemos de Federico Engels, el más grande y leal amigo del pensador social más importante de la humanidad: Carlos Marx. Engels inició su prolífica labor intelectual con una brillante y profunda crítica a las ideas místico-religiosas de Schelling. Asimismo, realizó una crítica demoledora a Hegel por sus conclusiones conservadoras y las contradicciones de su dialéctica idealista. Junto a Marx, Engels nos legó un invaluable tesoro de humanismo y moral que ilumina nuestro camino, especialmente ahora que estos tiempos procelosos parecen haber apagado los principales motores de la historia.»
Incluso podríamos hablar de Cristóbal Colón, ese personaje trascendental que, impulsado por su visión onírica, profanó nuestros mares y tierras. Su apabullante odisea oceánica fracturó los tiempos pretéritos de nuestra configuración geográfica para imponer, en nombre de los reyes de España, las fronteras que limitarían nuestra expansión autóctona.
O bien, hablar de Einstein y su magistral teoría de la relatividad, que introdujo nuevas representaciones sobre el espacio, el tiempo, la luz y la gravitación. Ya en 1905, formuló su teoría del movimiento browniano —el desplazamiento de partículas en suspensión bajo el influjo de las moléculas—, aportando una demostración convincente de la realidad molecular. Einstein enriqueció el legado de sus predecesores: desde Pitágoras, precursor de la concepción heliocéntrica; pasando por Copérnico, artífice del sistema astronómico moderno; hasta Galileo, paladín de la ciencia experimental que, con sus leyes de inercia y relatividad, desmanteló la física escolástica.
Paradójicamente, estas formulaciones científicas sirvieron de apoyo a los europeos que, procedentes de allende los mares, sometieron a fuego y espada a los pobladores de nuestras tierras violadas. Pero no, amiga Viviana, no hablemos de cosas tan complejas; hablemos de asuntos más atractivos.
Quizás te interesaría que hablemos del arte, ese resultado de la vasta productividad del sentimiento humano; expresión inequívoca de la conciencia social y de la actividad humana que manifiesta, mediante formas y lenguajes diferentes, el reflejo de nuestras realidades a través de imágenes artísticas, constituyendo así uno de los procedimientos más importantes de la aprehensión estética del mundo. Pero no, tampoco hablemos de eso, pues nos indigestaríamos al ver la distorsión constante de la interpretación espiritual de un arte vacuo y enajenante.
Tal vez te gustaría platicar sobre política, actividad que Juan Pablo Duarte calificó de noble y pura, pero que en la práctica de estos tiempos procelosos no es más que una inversión de la verdad que solo estila escarnio y vergüenza. Al hablar de política, nos veríamos en la necesidad de ensayar disertaciones para justificar, desde nuestra óptica, la presencia histórica de figuras como Lenin, Mao y Fidel, frente a Trujillo, Videla y Pinochet. Pero entonces sentiríamos un espantoso vértigo; quizás perderíamos nuestras facultades racionales al contemplar cómo el capitalismo está liquidando, palmo a palmo, el socialismo de Marx bajo el subterfugio de la «economía de libre mercado», y nos arrepentiríamos de haber nacido en estos tiempos de retroceso y claudicación.
Podríamos conversar sobre la familia, cuya desintegración actual parece indisociable de la desaparición de los afectos. Para ello, es preciso apoyarnos en Lewis Henry Morgan, el trascendental etnógrafo que, tras estudiar a las sociedades indígenas de Norteamérica, sistematizó sus hallazgos en La sociedad primitiva (1877). En dicha obra, Morgan demuestra que la familia es un fenómeno histórico que evoluciona junto con la sociedad.
Estas enseñanzas se robustecen con Federico Engels, quien en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado profundiza en los descubrimientos de Morgan bajo una lente científica. Engels conceptualiza a la familia como una categoría histórica condicionada por el régimen económico y las relaciones sociales, llegando a afirmar que ‘el hombre es en la familia el burgués y la mujer representa el proletariado’. No obstante, abordar temas tan exigentes implica adentrarse en un terreno movedizo. Corremos el riesgo de sucumbir extenuados ante la cruel realidad de estos tiempos de deshonra, donde la frustración amenaza con eclipsar cualquier paliativo que intente reivindicarnos.
Sería muy emocionante hablar de tu paisano Ernesto ‘Che’ Guevara, ese prohombre sin igual y símbolo enhiesto de mis sueños imberbes. Al venir al mundo el 14 de junio de 1928, trajo consigo una estrella perenne, indicadora de esperanza, convirtiéndose en un estandarte de integridad y optimismo frente a la turbulencia que empaña el horizonte. Con su muerte el 9 de octubre de 1967, acaecida en la quebrada del Yuro, en la tupida selva boliviana, se sembró eternamente en la conciencia de la humanidad que lucha por un porvenir digno. Su sacrificio fue ejemplo de un esfuerzo tenaz por darnos un continente hispanoamericano libre, independiente y soberano. El Che expresó, a través de su práctica histórica, los ideales más puros y nobles de los forjadores de nuestras nacionalidades.
Su imagen, sus convicciones y su meta revolucionaria constituyen la más acrisolada bandera que podamos levantar en nuestra búsqueda constante del ‘hombre nuevo’ y de la sociedad nueva. Pero no, mi querida amiga Viviana, amiga del alma: no es prudente que nos detengamos a hablar del Che. Al hacerlo, daríamos paso a la nostalgia, a la amargura, al dolor y a la impotencia; o quizás a algún mea culpa nacido del remordimiento por nuestras vacilaciones. Esas flaquezas que, en algún momento impreciso, se aposentaron como intrusas en la frágil comarca de nuestro espíritu.
Por lo tanto, querida Viviana, creo que es mejor que hablemos de nosotros. No poseemos la estatura para dialogar sobre un hombre de la dimensión del Che Guevara; para hablar con la solemnidad, la compostura y la serenidad que su figura amerita. Somos mortales, y solo los inmortales pueden hablar de sus iguales. Como bien se dice: ‘Hay que dejar a los muertos en paz, para que ejerzan la bella función de iluminar la conciencia de los vivos'».
«Así pues, mi querida y recordada amiga Viviana, hablemos un poco de nosotros. Sí, hablemos de ti y de mí. Por razones biológicas e históricas, ambos surgimos del subdesarrollo; somos producto de los embates de la marginación y la discriminación. El despotismo entronizado e institucionalizado procura impedir que nos unamos a las perspectivas promisorias del porvenir. La dominación de esa clase parasitaria, corrupta y perversa, no escatima esfuerzos en su propósito de preservar el dominio sobre nosotros.
Nos permiten la libertad de amar al tiempo que nos conculcan el derecho a escoger a quién debemos amar. Solo nos permiten subsistir, mientras nos hacen la vida insoportable.
La esperanza y la voluntad de lucha jamás podrán sernos erradicadas. Están aceradamente soldadas en nuestro espíritu, en nuestra peculiar conformación histórica. Nuestros valores son infinitos; son la resultante de los altos principios morales que nos legaron nuestros antepasados con sus martirologios.
Bajo el subterfugio de la «integración», pretenden en realidad desintegrarnos y reubicarnos en las fronteras de intereses dictados por un nuevo reparto del mundo. Buscan imponernos parámetros y condicionantes dentro de su ambicioso proyecto de «purificar la raza humana». Mientras la situación se define —o como dice el pueblo: «mientras el hacha va y viene»—, refugiémonos momentáneamente en la música de Juan Luis Guerra y su 4-40, y desempolvemos los tangos eternos de nuestro inmortal Carlos Gardel.
Mi inolvidable Viviana:
Quisiera seguir llenando estas líneas para desahogar mis ideas y prolongar nuestro diálogo. Son tantos los temas pendientes que el tiempo parece insuficiente para agotar el torrente de sentimientos que brotan en este momento.
Mientras tanto, regresemos a nuestros deberes rutinarios y responsabilidades individuales, para saciar la vanidad caprichosa de los ‘renacuajos’ que rigen el mundo. ‘Deleitémonos’ con la contemplación silente del paso de los días y con las crudas noticias actuales: nuestros amos ahora rechazan a los haitianos en la República Dominicana. Tras haber asfixiado sus deseos libertarios, los agrupan al granel en un espectáculo dantesco. Parece que, después de las intervenciones en Europa del Este, Nicaragua, Granada, Chile, Panamá e Irak, la nueva prioridad será segregarnos en todos los frentes.
Prefiero, en fin, quedarme con la sencillez de nuestro encuentro en las calles de París, donde la historia no era un libro polvoriento, sino el pulso vivo de nuestras manos unidas contra la injusticia. Que estas líneas te lleguen como un abrazo tibio desde este San Pedro de Macorís que te recuerda, entre el aroma del azúcar y la esperanza de un mundo menos degradado.
Escríbeme cuando el silencio de Francia te resulte pesado; aquí siempre habrá un pensamiento tenaz volando hacia tu encuentro.
Con el afecto de siempre,
Enrique Cabrera Vásquez
Nota: originalmente este ensayo reflexivo literario fue publicado en el periódico tabloide semanario El Coloso de Macorix, edición de la primera quincena de marzo del año de 1996, páginas 10 y 11.
Nota: originalmente este ensayo reflexivo literario fue publicado en el periódico tabloide semanario El Coloso de Macorix, edición de la primera quincena de Marzo del año de 1996, páginas 10 y 11.
