En las lágrimas del arzobispo de Ayacucho lloró una humanidad hastiada de sangre y violencia.
Escrito por: Enrique Cabrera Vásquez
SAN PEDRO DE MACORIS, viernes, 2 de enero de 2009.– El sentido de humanidad obliga a reflexionar sobre un acto inhumano y atroz. Es imposible olvidar aquella jornada de exterminio; el trágico final de esos jóvenes, movidos por una beatitud utópica, que de forma osada y temeraria tomaron por la fuerza una sede diplomática en el Perú de Fujimori.
Aquel día memorable, los cables internacionales de prensa compitieron por informar al mundo una noticia alarmante: la tarde del 22 de abril de 1997, tropas de élite del gobierno de Alberto Fujimori iniciaron el asalto a la residencia del embajador del Japón. La sede había sido ocupada durante 126 días por un comando del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), manteniendo cautivos a 72 rehenes hasta ese desenlace definitivo.
Tan pronto como trascendieron los acontecimientos, se sucedió una oleada de mensajes de felicitación por parte de los gobiernos ‘democráticos’. Estos compitieron entre sí para manifestar su pronta solidaridad con la medida adoptada por el mandatario peruano.
La denominada «gran prensa» se unió al coro de elogios lisonjeros que celebraban la recuperación de la sede diplomática. Una abrumadora cantidad de voces internacionales expresó sus felicitaciones al «héroe» Alberto Fujimori. De este modo, el cinismo y la hipocresía prevalecieron sobre el sentir mayoritario que abogaba por una solución negociada y pacífica a la crisis de los rehenes en Perú.
En medio de este festín de congratulaciones y celebraciones paganas, salieron a la luz pública las lágrimas de un hombre abatido por la sinrazón y el odio de una facción perversa; una turba sedienta de sangre que persiste en su culto a la violencia y al crimen.
El arzobispo de Ayacucho, Juan Luis Cipriani, dio cauce a su impotencia y a un dolor profundo. Sus lágrimas, sinceras y públicas, brotaron ante el desolador y escalofriante escenario de vileza y exterminio total ordenado por el entonces presidente peruano, Alberto Fujimori.
Los catorce guerrilleros del MRTA perecieron. Eran catorce jóvenes imbuidos de utopías libertarias y sueños irredentos que, según los testimonios posteriores al rescate, fueron ejecutados sumariamente; exterminados sin piedad. La sangre joven corrió a raudales en un acto de crueldad premeditada. Aquellos muchachos, acorralados por un sistema de injusticia y oprobio, habían asumido la violencia como la supuesta ‘partera de la historia’. Bajo la brutalidad de una operación dirigida por el régimen de Fujimori, todos los insurgentes sucumbieron en una acción que la narrativa oficial calificó de heroica, pero que la realidad tiñó de bestialidad.
Ciertamente, la toma de la residencia diplomática por parte del MRTA fue una acción injustificable. El grupo nunca debió poner en riesgo la integridad de los rehenes ni adoptar tácticas basadas en la violencia sistemática. Este proceder evidencia el actuar de una organización desesperada que recurrió a lo que los especialistas califican como ‘terrorismo individual’.
Por más cruel y despiadado que sea el régimen de Fujimori, y a pesar de la explotación, la opresión, la marginalidad social y la miseria que caracterizan al Estado peruano, la violencia jamás debe ser el camino para enfrentar tan desolador panorama social.
La acción del MRTA es condenable y repudiable desde cualquier óptica o visión ideológica. El mundo y la humanidad se encuentran saturados de violencia y destrucción; por ello, el arzobispo de Ayacucho lloró con valentía. Lloró por los jóvenes del MRTA, cruelmente asesinados, y por el régimen peruano: inicuo, perverso y despótico. Sus lágrimas representan una protesta firme contra el terrorismo individual del MRTA y contra el terrorismo de Estado ejercido por el régimen de Fujimori, denunciando una iniquidad alimentada por felicitaciones insensibles y cobardes.
La ejecución perpetrada bajo el régimen de Fujimori —aquella inhumana determinación de aplicar una sentencia de muerte de facto contra el comando del MRTA— evoca la reflexión compungida, poética y filosófica de uno de los pensadores más sensibles de la historia: León Tolstói.
En su manifiesto No puedo callarme, Tolstói denunció las ejecuciones sumarias del régimen zarista en Rusia, lanzando un anatema contra la pena de muerte y la masacre que flagelaba a su pueblo. Sus palabras resuenan hoy: «Todo esto ha sido cuidadosamente dispuesto y planeado por hombres cultos e inteligentes, pertenecientes a las clases superiores». Resulta inevitable reconocer la vigencia de esa crítica al contrastar la Rusia de entonces con el escenario político del Perú contemporáneo.
Para esta innoble tarea (la de asesinar a los adversarios) “Se las arreglan para encontrar a los hombres más depravados y desdichados y, al mismo tiempo que les obligan a realizar la obra por ello planeada, todavía logran aparentar que desprecian y sienten horror por ellos…”.
“…Y la ignorancia es llevada a cabo por hombres desventurados, corrompidos, engañosos y despreciados…”.
¡Monstruos! “no hay otra palabra”, dice Tolstoy. “Y no es solamente esta iniquidad la llevada a cabo. Toda suerte de torturas y violencias son a diario perpetradas en prisiones, fortalezas y colonias penitenciarias, con el mismo pretexto y con la idéntica crueldad, a sangre fría”. ¡Cuánta similitud con el Perú de Fujimori!
Una de las razones que esgrimió el comando del MRTA fue que en las cárceles del Perú se tortura y se ejerce todo tipo de violencia contra sus compañeros detenidos. Como afirma Tolstói: «Esto es monstruoso».
Según el autor, lo más monstruoso es que estos actos no se cometen por impulso o bajo el influjo de sentimientos que nublan la razón —como sucede en las riñas, las guerras o los asaltos—, sino que, por el contrario, se ejecutan en nombre de la razón y mediante cálculos que anulan la sensibilidad. Esto es lo que vuelve a tales hechos particularmente pavorosos.
Resultan pavorosos porque estos actos, cometidos por hombres que (desde el juez hasta el verdugo) no los desean en lo personal, demuestran con crudeza hasta qué punto es pernicioso para el alma el despotismo y el dominio del hombre sobre el hombre.
Eso fue lo que ocurrió en el Perú de Fujimori: sus fuerzas doblegaron a los integrantes del MRTA. Con acechanza y alevosía, bajo una premeditación científicamente calculada y mediante sofisticadas técnicas de combate, se emprendió la indigna y monstruosa tarea de disponer de la vida de los 14 jóvenes guerrilleros asediados en la sede diplomática. Nunca habrá argumento que justifique semejantes tropelías.
El diálogo y la concertación por la paz siempre encontrarán un espacio legítimo. Los acontecimientos recientes en el Perú representaron un episodio que agravia a la humanidad, evidenciando una gestión gubernamental marcada por la crueldad y la paranoia, cuyo único sustento fue el ejercicio sistemático de la violencia.
Nota informativa: publicado en el periódico semanario EL COLOSO DE MACORIX, semana del 2 al 9 de mayo de 1997, página 5.
